¿Home sweet home? Habría que preguntarle a Mona Hatoum, artista de origen palestino nacida en (la ahora mismo bombardeada) Beirut que en 1975 tuvo que dejar su hogar a orillas del mar por la guerra civil entre las falanges cristianas y la OLP (con intervención decisiva de Israel y Siria en distintas fases) que la tuvo entre los 800 mil desplazados a lo largo de los 15 años que duró la guerra. A los 23 años, Hatoum se encontró con su familia en Londres donde abrazó el lenguaje universal del arte contemporáneo hasta convertirse en una referencia de la Inglaterra multicultural tanto como Anish Kapoor, Hanif Kureishi, Asif Kapadia y Tracey Emin (de sangre turco-chipriota), entre tantos otros.
Sus obras que empezaron a destacarse a fines de los años 80 en el campo de las grandes esculturas y las instalaciones, son hoy parte del legado de la nueva escuela de Londres que estableció una internacional made in Britain antes que un nuevo arte inglés. En septiembre de 2025 el Barbican Center de Londres puso sus obras en diálogo con las míticas esculturas del suizo Alberto Giacometti. Allí se vieron piezas estremecedoras como Remains of the day, A Bigger Splash (un guiño ácido a las piletas de David Hockney) o la jaula-prisión Cube, el site specific en la que alojó la esperpéntica The Nose (1948-1964) de Giacometti.
La pregunta por el “hogar” y su supuesto lugar de refugio retoma en el corpus de Hatoum el siniestro de Freud. ¿Qué sucede cuando el hogar no da refugio sino status de refugiada? Como en Pale Shelter, el hit(o) de Tears For Fears (contemporáneo a su desarrollo como artista), las obras de Hatoum parecen replicar la aseveración “You don’t give me love/you give me pale shelter” pronunciada en un vértigo de sintetizadores y guitarras acústicas sobregrabadas.
Hogar (Home, 1999) es una síntesis de todas las preocupaciones y estrategias estéticas de Mona dispuestas de una vez y para siempre. La instalación que pertenece a la colección del Guggenheim de Bilbao es una concentración virtuosa de los recursos precarios del Povera, el sinsentido de Surrealismo y los dispositivos de las tendencias conceptuales y minimalistas que surgieron en la bisagra de los 60 y 70 para permear la superficie curva del arte contemporáneo.
En su forma, Hogar tiene algo de las mesas de Víctor Grippo aunque en lugar de utilizar la materia prima de la comida (las papas mendocinas) la libanesa apela al instrumental de la cocina. Un rallador, un embudo, moldes, un molinillo, dispuestos como en esas cuccina bella de reality gourmet solo que por efecto de la transfiguración de la artista podrían volverse letales para los participantes. Los objetos metálicos están iluminados por un circuito eléctrico que los atraviesa y emite un chisporroteo que es amplificado por dos speakers. Aquí no hay vapor ni especias que recuerden la vida cotidiana del Líbano acaso porque hace demasiado tiempo que la domesticidad se parece a una reja electrificada como los alambres de acero que separan a la obra de los espectadores.
La mejor definición de Hogar la dio la historiadora francesa de origen israelí Tamar Garb que enseña Historia del Arte del siglo XIX y principios del XX en el University College de Londres. “Lejos de ofrecer un refugio frente al mundo de la presión política o social, Hogar es el lugar del malestar, un espacio de terror y trampa psíquica del que no hay salida”. ¿Cuál es la evocación de un hogar de infancia que tiene que hacer Mona Hatoum cuando es probable que el lugar donde creció haya sido arrancado de sus cimientos? Y si no le tocó a ella quizás a sus vecinos o hermanos de sangre. Hatoum no puede permitirse el lujo de la nostalgia porque es un conducto al infierno de lo invivible. Su obra, de una rabiosa actualidad, no pide permiso ni se permite la mirada piadosa del connaisseur occidental.
Es en potencia, una trampa mortal.






























