Martes, 03 Marzo 2026

Colección MNBA: Los ópalos, de Anglada Camarasa

Entre la modernidad parisina y el paisajismo mediterráneo, el artista catalán desarrolló un estilo hipnótico e inquietante que cautivó al público de su tiempo a ambos lados del Atlántico.
Por Martina Granados Beacon

 

Hermenegildo Anglada Camarasa nació en Barcelona en 1871. Fue una figura clave del arte de transición entre la tradición decimonónica y las búsquedas modernas del siglo XX. Alcanzó su apogeo en las dos primeras décadas del siglo XX, con una pintura de empastes vibrantes y color audaz que captó el espíritu de la belle époque. Observador agudo de su tiempo, retrató con igual fascinación los lujos, los misterios y las decadencias de la sociedad moderna. Entre los temas que atraviesan su obra, la figura femenina ocupa un lugar central: la femme fatale, magnética y turbadora; la femme fragile, marcada por la melancolía; y la mujer pura, casi etérea, sin rasgos carnales.

 

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Retrato de Hermenegildo Anglada Camarasa realizado por Isidro Fernández Fuertes. Publicado en la revista La Esfera, 1918.

 

En la Argentina hubo numerosos coleccionistas que adquirieron sus obras. En 1924 la Asociación de Amigos del Arte inauguró una exhibición de Anglada Camarasa con pinturas provenientes del patrimonio de sus socios (1). Su estilo moderno, sin llegar a la ruptura radical de la vanguardia, encontró un terreno fértil en las residencias de la élite porteña que admiraban la cultura europea. El Retrato de María Teresa Ayerza de González Garaño (1928), perteneciente al Museo Nacional de Bellas Artes, da cuenta del prestigio que el artista logró entre los comitentes de Buenos Aires.

 
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Retrato de María Teresa Ayerza de González Garaño, 1928. Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires.

 

 Un artista entre dos siglos

Su formación inicial se desarrolló en Barcelona en talleres de artistas reconocidos. Optó por anotarse con pintores con carreras consolidadas. Asistió primero al taller de Tomás Moragas, artista que se caracteriza por una técnica preciosista y un realismo minucioso. El segundo maestro que tuvo fue Modest Urgell, un artista bastante exitoso en su tiempo y cuya obra se centra principalmente en paisajes y marinas, ambientes misteriosos y melancólicos. 

Ni Moragas ni Urgell marcaron con su estilo más tradicional el rumbo de Camarasa. Tal vez heredó algo del estudio de la luz de los cielos pintados por Urgell, pero sin dudas con otras motivaciones. Paulatinamente, y no sin cierta resistencia inicial, dejó atrás el realismo de sus maestros para explorar los nuevos lenguajes modernos que encontraba en el ambiente artístico de París.

 

Su paso por París  

Tras múltiples estancias en París a partir de 1894, finalmente se radicó allí en 1898, donde prosiguió su formación y asimiló diversas influencias. Por entonces, Roma comenzaba a perder su condición de metrópoli artística para los pintores españoles, quienes en épocas anteriores habían viajado allí para formarse directamente en las fuentes de la antigüedad clásica. Ahora París se había convertido en la nueva meca de la modernidad para los artistas del mundo europeo y americano. 

En París, Hermen Anglada alcanzó su consagración artística y un amplio reconocimiento internacional que trascendió la capital francesa. Durante sus primeros años en la ciudad atravesó dificultades económicas, pero con el cambio de siglo dio sus primeros pasos hacia lo que fue una carrera de renombre internacional. Vivía entre el Barrio Latino y Montparnasse, dos zonas bohemias y vibrantes que fueron epicentro de la vida artística en la época finisecular, donde los cafés y ateliers congregaban a los artistas modernos. En uno de esos pequeños talleres trabajaba Camarasa, quien compartía espacio con el talentoso pintor peruano Carlos Baca-Flor, compañero de aventuras que lo introdujo en el arte moderno y en la vida nocturna parisina que tanta inspiración brindaría a su obra. Esta vida bohemia marcó una primera etapa de su producción, protagonizada por la femme fatale de la noche parisina. Figuras como la Morfinómana (1902) o Los ópalos (1904), condensan ese universo de fascinación y exceso. Por ello, junto a los elogios, también surgieron reacciones adversas. El público con frecuencia se mostraba incómodo ante su obra, era juzgada como poco decorosa o incluso inmoral.

 

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 Morfinómana, 1902. Colección privada.

 

Aproximación a la obra: Los ópalos (1904)

Los ópalos, exhibida en la Sala del Centenario del Museo Nacional de Bellas Artes, reúne a un conjunto de mujeres que encarnan la opulencia y el refinamiento de la belle époque. Las damas se encuentran en uno de esos escenarios tan característicos del artista, donde la luz y el color sugieren un jardín sumido en la noche, envuelto en una atmósfera de misterio y elegancia. Con su técnica empastada ha dado forma a seis mujeres coquetas, de vestidos vaporosos y sombreros de ala ancha que remiten al magnetismo y la extravagancia de la marquesa Luisa Casati, musa y emblema del cambio de siglo. 

 

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 Los ópalos, 1907. Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires.

 

Los personajes de las obras de Camarasa encarnan una sociedad moderna y decadente, estas mujeres son sofisticadas, lánguidas, enigmáticas, seductoras. Los ópalos condensa dos de los arquetipos femeninos que estructuran la iconografía del artista: la femme fatale y la mujer pura. El título remite al ópalo, mineral de reflejos tornasolados que parece anticipar el juego lumínico de la pintura.
En el centro de la composición, representa a una joven de ojos claros y mirada inocente que se dirige directamente al espectador, con un leve maquillaje, cabellos rubios y un vestido blanco adornado con flores rosadas. Este personaje personifica a la mujer pura, su inocencia despierta la admiración de las dos mujeres que la acompañan. En contraste, la figura situada en el extremo derecho de la obra encarna el arquetipo de la femme fatale: su vestido verde y negro, ceñido al cuerpo, junto con la piel azulada y el cabello rojizo, refuerzan su carácter seductor y enigmático. Envuelta en sombras, su figura permanece ajena al resplandor de la luz eléctrica, ese símbolo reciente de la modernidad que baña con un blanco enceguecedor los vestidos de las figuras centrales. En esa tensión entre luz y sombra, la belle époque se revela como una sociedad en tránsito: aunque sus personajes aún encarnan arquetipos del siglo XIX en atmósferas oníricas, la luz eléctrica anuncia una nueva manera de mirar.

 

El refugio mediterráneo

El sol de los paisajes mediterráneos reemplazó las escenas del bullicio nocturno parisino. En Pollença (Mallorca), donde se estableció tras el estallido de la Primera Guerra Mundial, su pintura se centró en los paisajes, alternó su producción personal con la enseñanza. Entre sus alumnos se destacó un grupo de argentinos (Tito Cittadini, Gregorio López Naguil y Rodolfo Franco) que conformaron la llamada escuela pollensina. Los paisajes que pintó en este período ya no tenían la figura humana en el centro de su universo visual, sino todo lo contrario: horizontes, la costa o el fondo del mar y sus colores vivos conquistaron sus lienzos. 


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 Gruta en el fondo del mar, 1925. Museo de Bellas Artes de Asturias.

 

Últimos años y reconocimiento internacional

Entre 1924 y 1936, las obras de Anglada Camarasa alcanzaron una gran ovación internacional. Sus exposiciones en Washington, Nueva York, Pittsburgh, Saint Louis, Los Ángeles, Boston, Buenos Aires, Londres y Liverpool consolidaron su prestigio en ambos lados del Atlántico.

El estallido de la Guerra Civil Española lo obligó a exiliarse en Francia junto a su familia, acogido por su viejo amigo Carlos Baca-Flor. El enfrentamiento civil se llevó la vida de su hijo menor, una pérdida que marcaría profundamente al artista. Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial decidió regresar a Pollença, donde compró una finca y se dedicó a trabajar la huerta. Ya casi no pintaba, pero continuó realizando exposiciones en distintas ciudades de España.

Su tratamiento del color, las líneas ondulantes y el empaste vibrante dejaron una huella profunda en la pintura española y americana. En 1954 fue distinguido con la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio. Ese mismo año, el 7 de julio, falleció en su finca de Pollença, rodeado por paisajes, naturaleza y su familia.

 

 

1. Smulevici, S. (2024). [Otros Amigos del Arte]. En Un guiño a la modernidad (p. 23). Buenos Aires: Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes.

 

 

 

 

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