La 15ª Bienal de Shanghái (2025–2026), instalada en la Power Station of Art, propone desde su título una pregunta aparentemente mínima: Does the flower hear the bee? [¿Oye la flor a la abeja?]. El interrogante está basado en el descubrimiento de que las flores pueden percibir la cercanía de las abejas y reaccionar secretando un néctar más dulce para atraerlas. Con la curaduría principal de la canadiense Kitty Scott, acompañada por Daisy Desrosiers, Xue Tan, Long Yitang y Zhang Yingying, la muestra se organiza como un ejercicio de escucha ampliada, en el que la sensibilidad humana se ve interpelada por otras formas de inteligencia (no humanas, materiales, ambientales) en un contexto global marcado por la aceleración, la incertidumbre y la fatiga perceptiva.
Lejos de ofrecer respuestas cerradas, la bienal se presenta como un espacio de orientación tentativa. En un mundo que cambia a una velocidad que desborda nuestra capacidad de comprensión, el arte se baja de la pretensión extendida de ser una promesa de futuro y se aloja, más humildemente, como una práctica de atención o una forma de afinar los sentidos para convivir con lo desconocido. La apuesta parece apuntar a que, ante el ajuste perceptivo, puedan emerger vínculos renovados con lo que suele quedar fuera del radar del humanismo clásico (insectos, objetos, infraestructuras, flujos). Pero también parece querer poner a China en diálogo con las muy actuales tendencias posthumanas occidentales.
La exhibición reúne más de 250 obras de 67 artistas y colectivos, con una presencia no dominante de artistas chinos (podrían haber sido más) y de varios trabajos especialmente comisionados. El recorrido no sigue una lógica lineal ni jerárquica, sino que las obras se despliegan como un bosque o un paisaje abierto, pensado para ser habitado más que recorrido. Las piezas aparecen salpicadas en la gran nave central, se filtran por los pasillos, se esconden en salas cerradas. No hay un camino prescripto, sino una topografía a explorar.
El diseño expositivo, a cargo del estudio all(zone) al mando de Rachaporn Choochuey, refuerza esta idea de paisaje construido, entre lo natural y lo tecnológico. Hay bloques de hormigón crudo (en sintonía con el vocabulario industrial del edificio) que funcionan como accidentes u obstáculos que modulan la mirada, generan puntos de observación y organizan el espacio sin clausurarlo. Se huele una inspiración en los jardines de paseo del este asiático, que van revelando de manera progresiva las distintas etapas. Al moverse por el espacio, cada desplazamiento modifica las relaciones entre obras, arquitectura y cuerpos, de manera que las personas que están visitando son otras formas de vida circulando en esa ecología provisional.
En términos de medios, la bienal se mantiene deliberadamente clásica: video, fotografía, instalación, pintura y escultura dominan el conjunto. No hay una apuesta explícita por los llamados “nuevos medios” (lo cual es tal vez coherente con una propuesta que privilegia la experiencia sensorial directa por sobre la fascinación tecnológica). Un detalle no menor es la presencia de miel y flores reales, que impregna los ambientes con un aroma agradable persistente, como un recordatorio de que la percepción no se agota en lo visual.
Entre las obras destacadas, Children's Games de Francis Alÿs reúne registros de juegos infantiles filmados en distintas partes del mundo, conectados por una sorprendente armonía sonora. En lugar de una cacofonía, lo que emerge es una resonancia común que sugiere afinidades transversales, más allá de las diferencias culturales. Por otro lado, en Stratums and Erratics, Cheng Xinhao documenta una caminata de más de 800 kilómetros empujando una piedra desde Kunming hasta la frontera chino-birmana: un gesto lateral y obstinado que contrasta con la lógica acelerada de las infraestructuras contemporáneas y habla del desgaste material del trabajo que es invisibilizado por las formas más confortables mediadas por pantallas. Por su parte, Twinland de Shao Chun construye una instalación para-ficcional a partir de restos de internet, ASMR y culturas de consumo digital, encarnadas en la figura de un “fantasma” virtual que tensiona los límites entre lo físico y lo online.
Sin estridencias ni gestos grandilocuentes, la Bienal de Shanghái propone una experiencia de desaceleración atenta. No promete salidas claras al malestar contemporáneo, pero ensaya algo modesto (y quizás necesario), que es aprender a escuchar de nuevo, incluso (o sobre todo) cuando no tenemos certeza sobre quién está hablando ni qué está diciendo.




























