Desde que comencé a escribir sobre arte vengo haciéndome un par de preguntas que no pierden vigencia ni tienen una sola respuesta, sobre todo la siguiente: ¿para qué sirve la crítica de arte? Es decir, para qué sirven nuestras propias prácticas y cómo, a quién o a quiénes les sirven. Por qué existen, por qué las escribimos o por qué las enunciamos y comunicamos. Cuáles son sus fundamentos y sus objetivos. Qué las dinamiza o las motiva. Quiénes escribimos y desde dónde, movidos por qué o quiénes. Y qué movimientos causamos con nuestros discursos, producciones, palabras o escrituras: qué consecuencias generamos.
Justamente, estos serán algunos de los temas que el 14, 15 y 16 de mayo, intentaremos contestar entre todos –invitados, ponentes, asistentes-, en las próximas Jornadas de la Crítica 2026. Organizadas desde la Asociación Argentina de Críticos de Arte (AACA), este tipo de encuentros fueron iniciados originalmente por Jorge Glusberg en 1978, como “Jornadas internacionales de la crítica de arte”. Dichas jornadas se realizaron bajo la dirección de Glusberg (quien fue presidente de AACA y AICA), en 1978, 1979, 1980 1981, 1983, 1984, 1985, 1986, 1987, 1988, 1990 y 1992 (las jornadas de 1986 se realizaron en conjunto con la XIV reunión del International Council of Museums (ICOM), en Buenos Aires).
Hace más de tres décadas, al menos, que AACA no organizaba las jornadas desde la asociación. Por esto, esta ocasión será especial: se retoma esa antigua idea de reunirse desde una asociación que, actualmente y respondiendo a las dinámicas contemporáneas, a los cambios de época, es de críticos y también de curadores. Las jornadas se abrirán el 14 de mayo con dos discursos magistrales, de Ana María Battistozzi y de Marita Soto, dos reconocidas especialistas que serán acompañadas por Florencia Battiti (directora de AACA). Luego habrá tres mesas con ponencias, y tres mesas con debates abiertos sobre temas urgentes. Y el último día, el sábado 16, por la mañana se realizarán dos discursos de cierre con invitados especiales: Sergio Ramos y Fernando Farina. Habrá, como final, una mesa redonda grupal de conclusiones. Y luego de todo esto, imagino que más personas conocerán de cerca algo sobre el heterogéneo mundo de lo que común (y quizás equivocadamente), se encuentre instaurado en el imaginario general como “crítica de arte”.
La AACA hacía décadas que no organizaba las jornadas como única entidad responsable. Y quizás debamos pensar que este tipo de ausencias desde la organización se debe, quizás, a las muchas urgencias, más primarias, que la asociación ha debido asistir durante los últimos años, antes de poder tener cierta serenidad y estabilidad como para organizar estas jornadas. En el mientras tanto, durante los últimos 20 años, otros agentes independientes han ido organizando jornadas y laboratorios de la crítica de arte: en 2025 se realizó la Semana crítica en la UNA y en 2017 se llevaron a cabo las Jornadas de la nueva crítica en Macba. Y entre 2011 y 2023 se organizaron 5 ediciones de las jornadas de crítica de arte y tecnología (en 2011, 2014, 2017, 2018 y 2023) en Fundación Telefónica, Fundación Proa, Macba, UNLP y UNDAV. En paralelo a todas estas experiencias, en el ámbito académico también se realizaron otros encuentros y jornadas, por ejemplo, los Ateliers de la crítica de arte en 2010 (organizado en conjunto entre la UNA y la AACA).
Ya nombrados varios de los actores que venimos realizándonos preguntas sobre nuestras propias prácticas desde 2007, propongo a modo de preámbulo, algunas reflexiones acerca de la crítica de arte en Argentina. Pero antes tengo que comentar tres momentos personales de mi vida, a los que llamo “deslumbramientos”. Sin ellos, creo que hoy no tendría sentido mi práctica personal en lo que se refiere a la escritura sobre artes visuales.
Primer momento. Banff Center for the Arts, Canadá, año 2001. Primera noche en el centro de arte (al que llegué gracias a una beca que me otorgó la Fundación Antorchas). Había comprado un libro antes de salir de Argentina. Abro la primera página del primer capítulo: el paisaje que veo por la ventana del Banff Center es el mismo que aparece en la ilustración inicial del libro. Estamos a 3 mil metros de altura. Cerca se ubican las Cascade Mountains, el Monte Roundle y los Vermillion Lakes. Rodeados de nebulosas, comienzan a cubrirse de blanco: son las primeras nevadas. La foto también las muestra. Había comprado el libro sin mirarlo, era imposible saber esto de antemano. Coincidencia (o se trata de un momento de intuición, de un camino posible: un indicio).
Segundo momento. Año 1999, estoy parada ante los pequeños retratos de los Duques de Urbino pintados por Piero della Francesca, expuestos en la Galería degli Uffizzi de Florencia. Observo la intensidad del temple rojo, la madera que hace de soporte, el tamaño, el marco, la escala. Imagino la concentración y el pincel diminuto y preciso con el que estos dos retratos debieron haber sido pintados. El retrato del duque con el perfil izquierdo (había perdido el ojo derecho en una batalla y tenía una enorme cicatriz). Minuciosidad: del otro lado del retrato doble, estilo moneda, se encuentra pintada una vista de Urbino con influencia flamenca. Antes y después evocaría detenidamente estas pinturas -esos rojos, los detalles precisos, pintados con máximo cuidado, plegarias en voz baja, antes que gritos-, mediante ejercicios pictóricos en el Bachillerato de Bellas Artes. Me quedaría horas en el taller después de clase, en el tercer piso del enorme edificio frente a Plaza Rocha, hasta olvidarme del tiempo. Pintar significa y significó siempre: suspensión.
Tercer momento. Levantar la vista y contemplar el cielo abierto. Ver aparecer a la luna, primero gigantesca y prácticamente naranja. Luego observar como se va empequeñeciendo y palideciendo. La luna gigante es hermosa y dinámica; cambia su tamaño y su estado. Su peso. No sabemos si es ella la que se mueve, si es el horizonte, el paisaje, o quizás nosotros. Con mi familia armamos nuestra colección de lunas. Aprendemos que las colecciones de lunas brillantes incitan a crear el mundo.
No veo posible abordar la práctica de la crítica de arte sin haber compartido esto con anterioridad: las prácticas del mirar, del percibir, del habitar las obras, los momentos, las experiencias, los días, a modo de ensayos sobre cómo existir en el mundo. Creo que sin estos ejercicios la crítica deviene en mero entrenamiento.
Como idea inicial sería bueno intentar diferenciar entre prácticas y producciones diversas: críticas de arte, artículos de periodismo especializado, artículos informativos sobre arte, comunicaciones sobre arte, ensayos académicos y reseñas académicas. Y los cruces e hibridaciones que existen entre ellos. Un punto es: cuanto más se aleja de la gacetilla de prensa, mayor lugar se otorga a la reflexión sobre una obra, muestra o hecho. Y un mayor conocimiento da lugar a una reflexión más aguda, como ocurre en todos los campos y saberes.
Luego, respecto a la crítica de arte es difícil establecer el punto justo de un discurso en el que, por un lado se informa y por otro quizás se describe o sitúe (a la muestra, la obra, el hecho); y luego, fundamentalmente, se intenta dar lugar a una reflexión y observaciones originales. Se trata de buscar respuestas a preguntas bajo un estado de concentración plena. Quizás no sea una sola cosa sino un conjunto: el desafío de abrirse a pensar las producciones culturales desde la historia del arte y las prácticas artísticas, y a su vez distinguir también los caminos personales en torno a la propia escritura o el propio discurso.
A modo de cierre destaco "la práctica de reunirse". Toda reunión tiene sentido, todo diálogo es bienvenido. Los comentarios y temas posibles sobre las diversas cuestiones en torno a la crítica de arte son múltiples, a veces complejos. Es por eso que el 14, 15 y 16 de mayo se abrirán a intercambio en estas jornadas que son un momento clave y suman un capítulo más en la historia de la crítica de arte argentina, con ánimos de dialogar, discutir, intercambiar y celebrar.











