César Paternosto, quien actualmente reside en Segovia (España), es uno de los artistas argentinos más importantes en la escena internacional. Con una obra de búsquedas intelectuales e intuitivas permanentes; ha creado y configurando su propio camino, inventando otras formas de hacer (pero también de ser artista). Paternosto inició su carrera -sólido, seguro, inquieto-, alrededor de 1956, persiguiendo su vocación: un llamado. Y aunque había estudiado -y se recibió-, en Derecho en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), la curiosidad e intriga por el mundo de la pintura, de las formas visuales y plásticas, sus desafíos, el misterio, lo llamaron a concurrir a los cursos de Jorge R. Mieri. En ese momento Mieri le comentó algo que quedó grabado a fuego en su obra: “Jugá con las sombras”. La indicación fomentaría la siempre presente atención del artista por las características formales excéntricas, desplazadas de la pintura: por ejemplo, en y hacia los bordes, los márgenes del bastidor.
Más tarde concurriría a las clases de Visión de Héctor Cartier en la Escuela de Arte de La Plata (clases que también tomó su amigo Alejandro Puente, y hasta el propio Mieri). Tiempo después, Paternosto fue alumno del curso Estética, de Emilio Estiú.
Con 94 años y un largo camino recorrido, Paternosto volvió al país y a La Plata. Allí, en su ciudad natal, la Universidad Nacional de La Plata, la casa de estudios en donde se formó -y que fue fundamental para él y para su obra, tal como él mismo lo declara-, le brinda homenaje mediante dos grandes acciones: la realización de César Paternosto. La imaginación poética, una muestra retrospectiva de su obra curada de forma exquisita por la directora del Centro de Arte de la UNLP, Natalia Giglietti. Se trata de una muestra que se despliega en tres espacios. Por otro lado, la misma universidad distinguió a Paternosto con el título de Doctor Honoris Causa. La ceremonia tuvo lugar en el auditorio de la Facultad de Artes de la UNLP, espacio que el artista recorría cuando era joven.
Nos encontramos con César en diferentes momentos. Recorrimos la retrospectiva junto a él y la curadora, una exhaustiva muestra desplegada en tres espacios: el Centro de Arte de la UNLP, un lugar dinámico inaugurado hace nueve años, perteneciente a la universidad, generador de propuestas con artistas argentinos, especialmente platenses; el patio del Rectorado de la universidad, ubicado a pocos metros del Centro de Arte; y el último capítulo de la retrospectiva que tiene lugar en el Museo de La Plata (comúnmente conocido como Museo de Ciencias Naturales). Si el núcleo ubicado en el Centro de Arte se caracteriza por su erudición, la curaduría y las obras ubicadas en el Museo de La Plata se vinculan a una memoria afectiva lejana, íntima, con raíces biográficas (Paternosto visitaba el museo cuando era muy joven). Ahora, sus obras alojadas en ese museo adquieren una dimensión museográfica, sí, pero también vital.
Con posterioridad a la inauguración de la retrospectiva, accedimos a charlar con el artista en un ida y vuelta de preguntas que Paternosto contestó con toda sencillez.
–¿Cómo nació tu interés por el arte en la infancia y durante la adolescencia?
–Nací con la capacidad de dar forma en el papel a lo que veía. Fue en la segunda infancia cuando, viendo lo que hacía un amigo, aprendí, por mi cuenta, a pintar al óleo. Pero hacia la adolescencia lo dejé. Eso sí, cada tanto dibujaba retratos de miembros de las personas de mi familia, aunque algunos fueron, en realidad, pinturas. Ya cuando cursaba en la escuela Anexa y en el Colegio Nacional de la UNLP, los profesores de arte siempre me ponían las mejores notas. Pero ninguno me estimuló a ingresar a la entonces Escuela de Bellas Arte de la universidad (UNLP).
–¿Cómo fue tu formación? Sabemos lo de Mieri y lo de Cartier, pero ¿qué más podrías agregar? ¿Algún recuerdo o anécdota?
–Hacia mis 25 años, casi cuando estaba finalizando los estudios de Derecho, entré en crisis: rechazaba profundamente la carrera que había elegido y, realmente, no encontraba qué hacer. Pero entonces recordé que yo pintaba. Y así fue que me puse a recuperar la técnica. Luego comencé a tomar lecciones con Jorge R. Mieri. (“el Negro”, para todos). Mi encuentro con él fue crucial: no solo me enseño a ver, más que a pintar, sino que juntos después íbamos a las clases de Cartier (yo como oyente, porque nunca me inscribí en la Escuela de Artes). En una de las clases con el Negro, un día me había instalado la enésima naturaleza muerta. Como él tenía que salir, me dejó trabajando solo. Pero antes, mientras se iba, me dijo: “Hacé algo diferente esta vez… Jugá con las sombras”. Lo hice y fue una epifanía: lo que había dibujado me convencía por sí mismo, y no por la fidelidad al modelo que tenía frente a mí. Fue como una conversión religiosa. Claro que en mi supina ignorancia de esos momentos, ignoraba que, de manera elemental, yo seguía el camino marcado mucho antes por Picasso o Braque: el Cubismo. Esta experiencia, agregada a las enseñanzas bauhausianas de los cursos de Cartier, iluminaron la ruta de mi vida. Después de las clases, con el Negro nos tomábamos un café con Cartier y seguíamos oyéndolo. Pero además el Negro, muy sabiamente, me aconsejó terminar la carrera de abogacía.
–¿Cómo fue tu entrada profesional al mundo del arte? ¿Fue difícil viviendo en La Plata?
–Hay que distinguir que en los años 60 prácticamente no existía un mercado de arte contemporáneo en la Argentina. Casi todos los artistas teníamos una ocupación para sostenernos; no éramos profesionales. Los comienzos, entonces, eran participar, concursar, por ejemplo, en los Premios Ver y Estimar, o en el Premio Braque (que se me dio, aunque nunca me premiaron). Y hacerlo desde La Plata no era fácil. Con Alejandro (NdelaR: Alejandro Puente quien era su amigo artista y compinche), viajábamos a menudo a Buenos Aires, para estar y circular por el Instituto Di Tella, en el bar Moderno de Maipú... En el ambiente.
–¿Cómo fue tu relación y amistad con Alejandro Puente? ¿En qué cosas, respecto al arte, coincidían y en cuáles no?
–Conocí a Alejandro a mediados de los 50, porque en esos momentos él salía con mi hermana Graciela. Después, Alejandro me presentó al Grupo SI. Y cuando el grupo se disolvió, agrupamos nuestros trabajos, que ya estaban orientados hacia una abstracción geométrica, pero que se apartaba de la tradición del arte concreto predominante. Más tarde, Aldo Pellegrini los iba a denominar “geometría sensible” en el prólogo que escribió para nuestra exposición conjunta en la Galería Lirolay, en 1964. Alejandro hacía una abstracción más pictórica, trabajando sutilmente con el pincel. Yo aplicaba el color directamente del tubo con una espátula.
–De La Plata pasaste a City Bell, y de City Bell a Nueva York. ¿Volverías a hacer el mismo camino de vida?
–En 1963 nos mudamos a City Bell (una hermosa zona, hoy conocida como Barrio Nirvana), a la casa que había diseñado el arquitecto Vicente Krause, actualmente estudiada por los alumnos de arquitectura. Y de allí, en 1967, pegamos el salto a Nueva York. Para entonces yo ya tenía dos hijas, María Andrea y Ana María, frutos de mi matrimonio con María Rosa Marino. Irnos a Nueva York estaba en los planes, pero lo que precipitó la partida fue que en 1966 me dieron el Primer Premio de la III Bienal de Arte de Córdoba. En ese momento el presidente del jurado, Alfred Barr Jr., me compró una obra para el MoMA. Y un coleccionista importante, William Weintraub, también me compró otra; y luego incitaba a sus amigos a comprar mis obras. Así que entonces me armé de un fondo que me permitió aterrizar en Nueva York con comodidad. Y ese, sí, fue el comienzo de mi vida profesional como artista. Y sí, volvería a hacerlo, porque ese momento me formó como el artista que soy.
–¿Qué buscabas cuando partiste hacia Nueva York?
–Ya hacia 1961, cuando empecé a exponer mi trabajo, comenzaron las fantasías de emigrar. En ese entonces el foco de atracción era París, en donde ya existía un grupo importante de artistas argentinos. Pero hacia mediados de los 60, a través de las exposiciones internacionales del Instituto Di Tella y de otros medios, nos enteramos que la capital del “arte de vanguardia”, por así decirlo, se había trasladado a Nueva York. El expresionismo abstracto, el pop art, el minimalismo, el naciente conceptualismo... Todo esto ocurría en un país de una riqueza extrema que, además, propiciaba un mercado de arte absorbente.
–¿Con qué obras sentiste que debías apostar por emigrar?
–Fue cuando me dieron el Primer Premio en la Bienal de Córdoba, a mi grupo de obras realizadas en telas de formatos irregulares, que dejaban atrás el tradicional formato rectangular (una modalidad vigente en esos momentos en Nueva York, los shaped canvas de Kelly, Stella). A su vez, rememoraban los “marcos recortados” de Rothfuss, Espinosa, Lidy Pratti, de la vanguardia rioplatense de los años 40.
–¿En qué momento sentiste que podías vivir de pintar?
–Sentí que podía vivir de mi obra desde que me vinculé a los coleccionistas norteamericanos, es decir, desde que comencé a exponer en Nueva York. Sin embargo, hubo momentos duros en que tuve que recurrir a otros trabajos. También, por un breve tiempo enseñé arte en la Universidad del Estado de Nueva York.
–¿Cuándo te mudaste a España y por qué?
–Me mudé a España en 2004. En España revivió mi vida profesional, dado que los últimos años en Nueva York fueron de una opaca sobrevivencia. Llegué a España con una muestra retrospectiva en el Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente, en Segovia. Allí también encontré el amor, en tanto que mi obra era reclamada por coleccionistas.
–Si observaras todas tus búsquedas estéticas y formales a lo largo del tiempo, ¿cuál podrías decir que fue tu interés permanente a lo largo de las décadas, el más íntimo, el más fundamental?
–A esta altura de mi vida puedo afirmar que en mi obra ha prevalecido la forma por sobre el color. Es decir, la forma de los soportes no tradicionales sobre los que aplicaba el color. Una manifiesta analogía con las artes precolombinas, que ocurren sobre objetos de uso, ceremoniales o cotidianos.
–¿Te divertís creando arte?
–El arte no es una diversión. Aborrezco las manifestaciones artísticas que aspiran a divertir o entretener.
–Hace muy poco inauguraste en el Centro de Arte de La Plata una gran muestra, y te dieron el Honoris Causa en la UNLP. ¿Qué sentiste al volver a La Plata, tantos años después y con estos homenajes?
–Ante todo, volver a La Plata de hoy me produjo desconcierto. No reconocía los cambios, me asombraba el gran crecimiento de los árboles de mi niñez. Alojarme en el Hotel de la Universidad (UNLP), así como ver la existencia de un Centro de Arte contemporáneo dependiente también de la Universidad, realmente me asombró mucho. ¡Nada más lejos de lo que era la ciudad que yo había dejado casi sesenta años atrás! Y luego, la ceremonia del otorgamiento del Honoris Causa, tan inesperada como conmovedora, me llegó profundamente.
–Ahora que podés hacer una revisión de tu vida profesional y personal, ¿qué podrías mencionar que has ido descubriendo, con todos los trayectos recorridos? ¿Qué podrías comentar como reflexión, respecto a la vida personal, las búsquedas artísticas, los desplazamientos y mudanzas?
–Creo, sinceramente, que he aportado dos cosas a la modernidad: una, la lectura inédita del cuadro tradicional, ya que lo pintado no aparece en la pantalla frontal sino que hay buscarlo en los costados. Es decir, se trata de una visión “lateral” u “oblicua”. Asimismo, mi férrea convicción de artista abstracto, me llevó a incorporar ese modelo a la interpretación de los objetos simbólicos de las artes arcaicas. Porque hasta el día de hoy, si los científicos no ven representaciones de formas naturales en esos objetos, no hay “arte”, sino “decoraciones geométricas,” una concepción totalmente extraña a esas culturas. Pero también creo tener la lucidez como para preguntarme a quién le interesan estas cosas en un arte hoy dominado por la larga sombra de Duchamp y ahora acechado por las capacidades tecnológicas de la IA.
–Por último, ¿qué le recomendarías a las personas que trabajan en el arte, en un país tan duro como la Argentina?
–Que crean en lo que hacen y lo sostengan apasionadamente.











