Miércoles, 18 Marzo 2026

MONA Museum (Australia): el demonio de Tasmania

El Museo de arte nuevo y antiguo, que contiene la colección privada más grande de Oceanía, es una rareza arquitectónica que se destaca por su curaduría ecléctica y provocadora.
Por Camila Caamaño

 

Si los íconos se revierten, pueden generar sensaciones insospechadas. Esa fue la premisa de David Walsh para comenzar una modesta colección de antigüedades que escaló hasta convertirse en el museo privado más grande del continente, el actual MONA Museum of Old and New Art (Museo de arte nuevo y antiguo), ubicado en Berriedale, una pequeña península al norte de Hobart, en Tasmania, Australia. 

A orillas del río Derwent, se distingue una construcción subterránea que engaña en su modestia. El edificio, enriquecido por lo copioso de sus árboles, sostiene el misterio al prescindir de ventanas. Cemento y madera son los materiales escogidos para cubrir esta fortaleza que nació en 2011 como producto de una génesis igual de engañosa que truculenta. Es que a primera vista, el MONA muestra una planta única, emplazada en la superficie de igual modo que un museo convencional. Pero la tradición se quiebra apenas los visitantes ingresan a su entorno y conocen la escalera caracol que los acerca hacia los tres niveles de estructuras laberínticas. Lo que el público divisa cuando se acerca mediante un ferry es apenas un fragmento, como una pata de la bestia que habita subterráneamente.

El origen de esta postura arquitectónica guarda relación con la conciencia patrimonial de su creador, quien tuvo especial interés en conservar intactas las dos casas Roy Grounds (la Del Patio y la Redonda) en la propiedad, construidas en la década de 1950. Aunque el reparo histórico es sólo una parte de esta génesis. Walsh le dio sentido a su deseo elaborando un concepto que entra en juego de manera gradual, con el mismo ritmo descendente que una pesadilla recurrente (o un sueño lúcido). Esta latencia urgente es la misma que marca el pulso para recorrer el Museo. El MONA no se caracteriza por su amabilidad visual, su curaduría ecléctica y provocadora coordina sus pisos hacia el inframundo. En su colección permanente es posible cruzarse con una pared de vaginas de cerámica, una críptica máquina que produce excrementos humanos o la cabeza de cera de una figura italiana del siglo XII.

En lugar de valerse de artificios electrónicos o efectos de pantalla, el museo se centra en su propia materialidad para crear un efecto inmersivo. Las escaleras, en apariencia infinitas, provocan una sensación de no llegar a ningún sitio, con una perspectiva imposible, comparable con los cuadros del artista neerlandés M. C. Escher. La falta de ventanas al exterior y el descenso sin pistas contrasta con otros espacios artísticos, como la famoss espiral que transporta a los visitantes del Guggenheim de Nueva York. Lo que el MONA ofrece entonces es una sensación absolutamente deliberada por estar allí presente sin tener demasiado claro cómo salir. No se trata entonces de un paseo improvisado, la aventura exige y retribuye.

Como número, el 15 se asocia con la niña bonita, pero el MONA, que tiene ese mismo tiempo de vida, no se identifica con colores pasteles ni flores, se ha ganado el apodo de “el Disneyland subversivo para adultos” porque sus disparadores se mueven por el sexo, la muerte y el misterio. Su encantadora oscuridad no se diluye al recorrer sus inmediaciones. La paleta de atracciones actuales incluye el estudio de grabación Frying Pan (que cuenta con la consola original de mezclas de Abbey Road en la que grabaron los Beatles y Pink Floyd, entre otros), al cual se accede a través de un misterioso túnel dentro del museo, el restaurante y bar Faro con una carta de comida y bebida autóctona (y lujosa) de Tasmania, la terraza diseñada por James Turrell, o sencillamente el amplio césped a su alrededor donde es posible descansar mientras se oyen canciones corales.

Estructuras inentendibles, olores poco amigables y una incomodidad intermitente hacen del MONA un rara avis en la nomenclatura de los museos globales. El mayor valor del museo sea probablemente lo que subraya su contenido: mantener el humor desafiante, perderle el respeto a la solemnidad del arte programado en museos y abrirse hacia la curiosidad, sin condicionamientos.

 

 

 

 

 

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